domingo, 20 de marzo de 2016

AGUSTIN LABRADA AGUILERA, POEMAS



EL RASTRO DE LOS ÁNGELES


¿Quién tiene el as de oro?,
¿quién la ruta precisa
donde darán las buenas noches
sin que la barra el humo?

Todo fluye hacia un fin y crea la nueva ausencia.
No podemos asir nuestra fortuna,
traducir santo y seña en múltiples reinados
si hasta vencer nos deja un gesto ocre.

¿Adónde voy tras el rastro de los ángeles?
¿De qué vale fundar una cabaña,
una familia y una oración que pronto olvidaremos?
Ahí se asienta la fe como arca de polen,
sucesión de escenas insondables,
rescatadas un día por el vino.

Entonces la libertad se vuelve barco,
una extraña ciudad con otra llave,
Odiseo hacia una mujer de niebla.

Entonces la libertad es un jardín
para romper su grito contra el muro.




PECADOS Y SERPIENTES


Ninguna foto eterniza
los minutos más dulces y prohibidos
que prohibidas mujeres
tatuaron en mi cuerpo
y me abrigan contra las tempestades,
cuando el verdor se agota
              y me hunden sus gorriones.

En ninguna película,
flota el océano de mi infancia
con sus buques volando sobre los eucaliptos.
Ningún set reproduce la ternura,
pecados y serpientes
que vuelvo música,
esta desolación no confesada.

Tal vez no rasgue un solo oboe,
un leal espejo
que traduzca mis redes
           y ascienda hasta el pasado,
pero comprendo al fin el laberinto,
sus pedregales borro
y me sumo al azar que nace con la aurora.




SI SE ACERCARA EL FIN


Junto al cementerio toca una banda municipal,
las efigies de sus músicos
labran una oración bajo la arena
y en sus notas se fugan los domingos.

Si lloviese, la cruz sería culpable.
Si pasara un murciélago
y se acercara el fin,
ninguno de nosotros hurgaría en sus ruinas.

Entonces, ¿por qué negar el testimonio
de esos seres que aplauden
como si tañeran la única certidumbre?

Has sentido de golpe cómo pasan las horas,
ya nada probará cuanto has vivido.
Desunes estos naipes en que lo cuentas todo
y aún te aguardarán,
antes de ser la arena donde tocan los músicos.




LA PAZ ENTIGRECIDA


Miro en el charco la tarde en que me entierran
                   y reverdece
la paz entigrecida en torno a mi cadáver,
donde no se despuebla ni una nube,
ni se escucha un solo girasol entre las almas.

Oigo volar por el sauce a los perros
                 que en una lágrima
entonan su liturgia mientras llueve la tierra,
                  y afianzan ese grito
cuando todo naufragio va lamiendo el paisaje.

Me acosa el temporal que presagia al silencio
                  y entristecen
             ésos que me despiden,
      sumergidos y ocres en su guerra,
sobre un lánguido charco en medio de la tarde.




LA NIÑA ESCAPA EN TRES VENADOS HACIA EL FUEGO


La niña escapa en tres venados hacia el fuego,
no la sueñes junto a esas márgenes celestes.
Tú habías esperado su llovizna,
navegabas ya en los pinos de diciembre
y tropieza de pronto tu vuelo anochecido.

Las distancias enrojecen tus fotos
y arden en ellas mis colores,
como tus ojos vencidos por el viento.

Algunos trazan finísimos juguetes,
nos inventan fábulas de dulces acordeones,
entretejen con sus hierbas el vacío,
y al final huyen a sus jazmines
para no perder tan grises con la derrota del año.

Vendrán otros inviernos,
vendrá otra vez la muerte con su añeja ansiedad
preguntando por nuestras sombras hasta oír:
                                     sufrieron el trapecio
                    de una provincia enmascarada;
y si no viene,
si se arrepiente al borde de su boina,
nadie enterrará angustiosamente la luna
sobre la hojarasca muerta de diciembre.




A LA MUCHACHA GRIEGA TRAS LOS MUROS


Si creyeras en la virginidad de toda alianza,
te asombraría la luz
                                 en el peligro
y su esplendor que ciñe tu tristeza.

Una hora más
y alcanzarías la cuerda
conque Ariadna
atraviesa el oro de los siglos,
hasta ver a la muchacha griega tras los muros,
los guerreros que son esa playa que pisas.

¿Qué extraño testamento has confesado
para saldar tus deudas con la antigüedad,
que se inclina y señala ante tus pies el fuego?

Desde hace miles de años,
a las altas murallas retornan los difuntos,
es el humo de Troya
que iba a testimoniar su discordia en la Tierra;
siempre habrá un fiel guerrero y una joven hermosa,
siempre la misma luz
legada por el amor de Zeus a tu memoria.




CÍRCULO Y UTOPÍA


De falda en falda se trenza nuestra huida,
porque la libertad
se alisa con el miedo,
y muy contados hombres
podrían sostenerla entre sus cardos.

De la madre a la novia,
de la esposa a la amante,
de la amiga a la muerte,
buscamos esa hoguera que nos ata
todo un enorme siglo hasta el otro derrumbe.

Círculo y utopía,
¿dónde hay mayor oscuridad,
en la mesa sagrada o en la ciega aventura?
Ninguna flor nos gusta,
añoramos una seda inaccesible.

Nostálgicos, ansiosos,
no encontraremos nunca la caverna
—con su llama feliz—
ni un prado que nos baste
para saciar los sueños y morirnos.




LA NEGRA MELODÍA


No volveré
hasta mi calle azul,
mi antigua novia,
la negra melodía
que recompone el alma.

Nunca podré
rehacer una sonata
que en su incendio
rescate aquella tarde,
tus piernas y mi asombro.

Estos dibujos
son ya polvo pasado
y tú: la nada,
perdida en un aullido
sobre los pastizales.

Todo se borra
y mentimos cantando
que nuestras huellas
de países y amores
armaban el estío.

He dicho adiós
y aunque cifre el regreso,
no será igual:
otras máscaras pueblan
los minutos y el aire.




ANTES VEÍA LOS ASTROS


Detrás de nuestros vidrios todos acertamos
la doble faz de las épocas.
Pienso en el destierro dentro del mismo anillo,
la reconciliación que siempre nos visita
cuando ya hemos soterrado la confianza.

Antes veía los astros en las caras vecinas
y aquello que nombré alegría
era una tela que no logró velar su gran miedo.
También yo tuve miedo a la costumbre,
sólo pulsé mi audacia
y murmuré en blanco y negro imágenes de lo perdido.

Jamás aprenderemos que perder
es regresar en la neblina a los orígenes.

Ya arriesgué lo más puro,
no festejo los remordimientos,
no quiero traicionarme frente a tanto infinito,
quizá sea el extranjero que no encuentra su casa.




PARA UNA FOTO SEPIA


Desgarra un vals
las farolas del muelle
donde imagino:
mi madre en la pradera,
tras la línea del éxodo.

Bailando el vals,
sonríen a color
cinco italianas
para una foto sepia,
como son mis recuerdos.

Viví profundo
cuando todo soñaba,
sin sumergirme
en el rumor de estelas
que izan los alcatraces.

Me abismo así
bajo ese remolino,
en que se alía
con el remo y su espuma
la pasión del ancla.

Pudiera estar
ahora en Jerusalén
o en el Danubio,
seguro arrastraría
esta misma tristeza.




CON EL VIENTO Y LA SUERTE


Se extiende mi voz,
alfanje hacia su noche,
hiere las máscaras,
se anilla entre los libros
y alumbra como tigre.

Libertad mía
de diálogo sin rostros,
¿me escucharás
como yo escucho al orbe
ahogarse en un naranjo?

Dibujo el fin
y agradezco al maizal
con sus espigas,
si los peces y el canto
viajan hasta mi mesa.

Ya vi borrarse
la sombra de aquel bote
rumbo a mi infancia,
y no trocó el regreso
ninguna melodía.

Madero soy
a la deriva o en el humo,
sin esa luz
de una boda secreta

con el viento y la suerte.


 Todos los derechos reservados © Agustín Labrada Aguilera, 2016





Agustín Labrada Aguilera (Holguín, Cuba, 1964). Estudió literatura en el Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona de Cuba y ciencias de la comunicación en la Universidad Interamericana para el Desarrollo de México, país donde vive desde 1992.

En Cuba, dirigió la sección de literatura en la sede nacional de la Asociación Hermanos Saíz de Jóvenes Escritores y Artistas; en México, la revista Río Hondo, el programa radiofónico Una puerta al mar y el Premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén.

Es autor de los poemarios La soledad se hizo relámpago (1987, 2013, 2015), Viajero del asombro (1991, 1995, 1997) y La vasta lejanía (2000, 2005); y de la antología poética de la Generación de los Ochenta en Cuba Jugando a juegos prohibidos (1992).

Ha publicado los libros de periodismo cultural Palabra de la frontera (1995), Más se perdió en la guerra (1999), Un paseo por el Paraíso (2006), Seis caminos (2012) y Ellas están de paso (2013); y el haz de ensayos Teje sus voces la memoria (2011).

Fue finalista del Concurso Internacional de Novela Herralde, de la editorial Anagrama (España, 2013); y ganador del Premio de Ensayo de la Editorial Dante (México, 2010) y del Premio Internacional de Poesía de la Municipalidad de La Arena (Perú, 2015).

Agustín Labrada ha ofrecido lecturas de su obra en espacios de Cuba, México, Nicaragua, Bulgaria, España, Uruguay, Panamá, Argentina, Estados Unidos y Francia; y ha fungido como jurado de concursos literarios nacionales en Cuba, México y Panamá.

Poemas de Labrada figuran en más de 50 antologías; algunos han sido traducidos al inglés, el francés y el italiano; y otros aparecen en los discos Un lugar para la poesía, Guerra y literatura del siglo XX, Los ángeles también cantan y Milonga para Isa.

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