viernes, 22 de enero de 2016

ARÍSTIDES VEGA CHAPÚ, POEMAS INÉDITOS.

Los otros destinos



Soy quien regresa
después de alisar la Isla sobre las brazadas del océano.
Había permanecido toda una mañana bajo la húmeda sombra
de empinada palma,
con una ligera inclinación de la cabeza,
apenas imperceptible
hacía el lado en que las lomas se tornan tan azules como el mar,
disfrutando de la quietud con que desciende el sol
hasta cimentar la tierra apisonada durante siglos.
Al mediodía me dispongo a estacionarme del otro lado
de la línea divisoria
en que se acomodan los pasajeros, atento a una señal
para aproximarme al ventanillo,
cristal blindado tras el cual alguien me observa atento,
confisca mis ojos
los de mirar con cierto resentimiento,
los del otro rostro expuesto tal y como si fuese el verdadero.
Me dejo tomar una foto, las huellas dactilares,
primero los dedos juntos para finalmente exponer el dedo índice.
Voy y regreso sin recordar mi nombre,
sin la certeza de quién he sido
como si al emprender un viaje quedara sin pasado.
Un pasado inquietante en que uno se asedia a sí mismo.
Digo cualquier nombre, cualquier fecha de nacimiento 
de mis padres ya muertos,
digo quién he sido con voz de ventrículo
y obtengo por premio continuar, poder acceder a la salida
pisando una alfombra acolchonada, equilibrando el gorrión
que resguardo en la palma de mi mano.
No sé qué hacer con el ave,
ni si debo tomar a la derecha o a la izquierda
de un largo pasillo de escaleras que mueve la electricidad.
La salida no está expuesta a simple vista
y el silbido de los aviones interfiere el cono de luz
bajo el que me he sentido protegido.
Sigo el ruido de los autos 
vibrando a mis espaldas sobre un liso pavimento
que en la madrugada unas máquinas fregadoras han dejado prolijo.
Detrás de la sombra que proyecto
se manifiesta el perturbador sonido de la velocidad,
sin intermitencias, de uno a otro lado
como si buscaran el extremo contrario
al que me he estacionado
sin hurgar en el mapa de mi memoria.
La saliva flota en mi boca vacía
y la lengua mide la profundidad
de la catatumba en que protejo las palabras.
Observo absorto cuando se detiene frente a mí,
con miedo de quedar sin palabras para siempre,
sin merecer ningún recuerdo.
No es que esté acostumbrado al silencio
sino a otros sonidos más ríspidos.


A Juan Carlos Valls.



                    *****   *****   *****



Coral Castle



También puedo dar fe del desamor,
del esfuerzo de lanzar una tras otra piedra
al centro de un mar
sin centro, ni ubicación real en ninguna costa del mundo.
Las he traído de lejos, cargándolas a mis espaldas
como pesadas cuentas para un rosario
a sabiendas que no me serían útiles.
Mantengo los ojos abiertos
para saber que no hay nadie a mí alrededor,
ningún testigo que pueda apiadarse de ese dolor
que hace irrespirable el aire exterior
en que solo mínimas y radiantes mariposas de luz sobreviven.
Paso las noches frotando las piedras
hasta sentir por el tacto que las he pulido,
solo para que cada una lleve una imagen diferente de mí.
Me llamo Edward Leedskatnin,  pero nadie lo sabe
por la poca atención que se me presta,
porque el dolor me ha ido convirtiendo en una minúscula sombra
imperceptible para todo lo que no tiene posibilidad de volar
en noches en que se le hace posible alcanzar una máxima altura
y desde allí divisar la postura en que resisto el dolor,
dentro de un cuerpo
con el que me es posible gravitar.
Nadie me anuncia el amanecer
por lo que prefiero seguir echado en la cama de piedra, a solas,
mirando por las ranuras del cielo todo lo que está por descubrirse.
Parajes distantes en los que encontrado un respiradero
en los que me sumerjo para no ser borrado
por la oscuridad de las noches
en que he tenido la misión de tallar una solemne mesa,
la silla cómoda,
la cama en que mi espalda puede reposar sobre todas las sombras
que en horas de descanso libera mi agotado cuerpo.
Cayo Hueso
Tras un boquete al fondo de un restaurante,
a orillas del mar,
me he acomodado para satisfacer mi gula,
a ras de un cielo que equilibra un raro tono azul
sospecho flota la tierra que añoro.
Si las aguas que he atravesado se congelaran
en un improbable invierno
los buscadores de tesoros
estarían dispuestos a afrontar la larga caminata.
Las luces parpadean sobre su propio reflejo
como peces que se oxigenan
y muestran sus extrañas cabezas
en las aguas cercanas a Cayo Hueso.
Me hago tirar una foto al lado de la bala inflable
que señala las noventa millas,
los sitios en que estuvo arengando Martí
y ahora reposan las estilizadas garzas
dispuestas a apoderarse de los desechos de los turistas.
El exceso de luces permite apreciar una sola estrella
por donde brota suficiente claridad.
Se me irritan los ojos después de contemplarla
en lo que parece ser el centro de una oscuridad infinita.
Espanto los gallos que deambulan día y noche
por las bulliciosas calles,
los gallos restregándose sobre el blando plumaje
de las gallinas ponedoras
sin azuzarlas ni retenerlas.
Imágenes de Lennon y de Hemingway,
de mujeres dispuestas a desnudarse,
travestis seduciendo en las aceras,
las mismas que conducen a un bar solo para gay,
en que un mago deambula sin deseos de repetir el mismo truco
de la noche anterior.
Hay un fragmento de la muralla de La Habana,
obsequio del hijo de Céspedes,
todo en la calle Duval,
como si no existiese la posibilidad de otros caminos.
Ante el espectacular atardecer del sol
que se coloca con parsimonia a la izquierda de mi hombro
intento tocar el agua endurecida por los animales marinos
mostrando sus resplandecientes escamas plateadas.
Con sus bocas enormes recorrida por afilados colmillos
han atrapado más de un remo,
hundido balsas y pequeñas embarcaciones
atestadas de promesas a la Caridad del Cobre,
animales  sobrevivientes de todas las etapas de la Tierra.
También he sido resistente
y he logrado sacar mi cabeza para tomar aire,
posibilidad de contar mi historia
aún cuando no hay nadie cerca para escucharla.
Asistido por el menosprecio del silencio con que la noche ha descendido
me expongo, con los brazos abiertos
como si quisiera propiciarle a los resquicios de luz
el observar de cerca
la perplejidad de mi rostro.
Nada cuanto me rodea me pertenece más allá de una frágil experiencia
pero ya no me será posible olvidar este lugar.

A Enrique Díaz Guzmán.



                    *****      *****      *****



En Bradenton



Alguien a quien solo conozco por la cuenca vacía de sus ojos
me hace saber que se marchó hace muchos años de Cuba
como para ahora no poder rememorar con precisión ese instante
en que ordenó una mínima maleta
asegurando nunca se olvidaría de su real tierra.
Dejando atrás a su madre
que sujeta por las axilas reposó un último beso
en la mejilla de su hijo.
No dijo nunca regresaré, me hizo saber
porque eso solo lo supo muchos años después
cuando ya había sido atragantado por esa noche de Bradenton
que ahora se ha acomodado a mi lado como un ave silenciosa
procedente de una tierra hundida en el mar.
Me lo contó gustoso
bajo un cielo de naturaleza rijosa
en que se habían aglomerado las extrañas constelaciones
de antes o después de un tiempo de alargada sequía.
No era el caso, había llovido copiosamente
como para desbordar los ríos
y convertir en fangosas las carreteras
camino a un cielo transparentado
en que se hacía visible el rostro de los últimos difuntos.
Llevaba mi mismo apellido
por ser hermano de mi abuelo materno: Jesús Chapú,
alto y fornido como la mayoría de esa parte de mi familia
y estábamos en los inicios del otoño
por lo que me fue fácil comparar su estatura con la de un árbol.
Con caminar cauteloso ocupó  la cabecera de una inmensa mesa
dispuesta a la intemperie en la que nos acomodamos
alrededor de unas rosas de manzana verde
horneada por María P.
No tuve compasión de su rigidez,
ni de su cuerpo arqueado por los años,
con la cabeza gacha como quien no precisa ganar la confianza
de nadie.
La fragancia de las manzanas ascendía
junto al titubeante silencio
de quienes se deleitan saboreando semejante manjar.
Aún las degustaba cuando colocó sus manos en mi nuca.
Manos frías, como las de cualquier muerto
que no me produjeron ahogo ni temor.
Nadie coincidió en ningún momento
con las cuencas vacías de sus ojos,
nadie escuchó su tono de voz; quedo pero firme.
Nadie se percató que sus manos sujetaban mi nuca,
lograban flexionarme
sobre el fondo de una taza
que retenía una tisana oscura y humeante.
Nivelando su corazón  sobre mi cabeza
como si quisiera apoderarse de todo
cuanto estaba pensando.
Fue la manera que encontró de desaparecer
cuando no le quedaba nada por revelar.

A Pedro Oscar, María y Liset Trigo.



                    ******    ******    ******



Sunny Isles



Un errante cangrejo,
caparazón duro, de azul intenso,
de los que en mi infancia llamaban Moro
y cazaban para disfrutar su escasa carne,
disponía de sus tenazas para ocultarse
en la brasa verdecida de los entretejidos manglares.
A cierta distancia de las aguas
que lo intimida como si fuese su rival
o estorbo para su serenidad
se mostraba estático sobre la apisonada arena
en que se había posado una bandada de garzas,
cincuenta o sesenta aves huidizas
en busca del ocaso de la tarde.
Amenazaban las lluvias
por buen rato aleteado alrededor de grises nubes
para finalmente desaparecer
por el mismo camino que tomaron las aves
espantadas por la noche que ya se presentía.
El brillo de la espléndida noche
extendida sobre el mar
solo desciende,
cuando están todas las luces prendidas,
luces de coloreado neón
en los altos edificios de Sunny Isles
liberando sus gigantes sombras
sobre la frágil trazo de un ave
que vuela en zic zac sobre mi cabeza
como si fuese una premonición.
Me pongo de pie y me le acerco,
le doy de comer en la cuenca de mi mano.
Le muestro mis residuos, se los sedo
sin esperar nada a cambio.
Planto firme los pies,
me aferro al cristal de una ventana
a sabiendas que estoy cerca de una playa 
amortajada por los hilos de un aire tibio,
puntadas a contra reloj
en aguas en las que me he sumergido
más de una vez.
Intento ensanchar aún más el agujero
protegido por un cristal blindado
observarlo todo con detenimiento,
incluso lo que no se expone a simple vista.
Dispuesto a la perforación oriento el ojo entrenado
al brillo que irradia la belleza.
Dios es inmenso, le digo a Sonita
que siempre está sonriente.
Cómo no estarlo
si ella sabe que permanecer bajo este cielo
solo es posible por la bondad de Dios.
En la madrugada me obligo a cerrar los ojos
solo para escuchar el insistente bramido del agua
enfrentada a la noche
como si con su arrogante movimiento
se hubiera tragado al pájaro que había dado de comer
y que desde su fondo oscuro permanece atascado.
Manera de hacernos saber su agonía.
Pido a la noche se pierda en el nimbo del cielo,
se enfrente al amanecer con su profunda oscuridad
y detenga por unas horas mi estancia.



                    ***** ***** *****


Margate


Sigo el nervio impreciso y expandido de una hoja
a medio secar,
que desciende vacía de salvia.
Al lado de la puerta de rojo ladrillo el árbol robusto
y a su alrededor la hojarasca
batida por un viento que huele a asfalto de ciudades espléndidas.
Un árbol plantado como estaca,  mástil para izar una bandera,
tan solo para señalar los límites de un territorio privado.
Salgo una y otra vez al portal,
al lado del cuadro de la mujer que pintó Darío
cuando era su mujer mi hija.
Lo hago una y otra vez impulsado por el vicio,
sin importarme el calor ni el ser blanco de una hoja
que desciende ensimismada sobre el oleo
que Darío pintó en mi casa
antes de ser colgado en esa pared
a la entrada de la casa de los amigos.
Me siento a ensartar círculos de humo
desprendidos de un cigarro dulzón,
como si hubiese sido torcido con hojas de canela,
mientras contemplo una hilera de hormigas recorrer la pared
en descubierto cielo.
Mi voz suena diferente, quizás menos grave,
sobre la bocanada de humo.
Hablo de plenitud y de lo impostergable,
del asombro por la existencia de la prolijidad más absoluta,
hablo y hablo, sin que medie un mínimo instante para tragar la saliva
que llega a ser densa sobre la lengua
mientras adopto la misma posición de la hoja caída.

 A Sonia y Hernando Hernández



                  


Todos los derechos reservados©Aristides Vega Chapú, 2016





Arístides Vega Chapú, Santa Clara, Cuba, 21 de diciembre de 1962. Poeta, narrador y promotor cultural. Es considerado una de las voces esenciales de la llamada Generación de los Ochenta, y, en consecuencia, sus obras han sido recogidas en importantes antologías publicadas en Cuba, 1 España, 2 Estados Unidos, 3 Canadá y Venezuela.

 Ha publicado los siguientes libros:
 Poesía:



 Últimas revelaciones en las postales del viajero, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1994.
Finales de los años, Editora Abril, La Habana, 1994
La casa del Monte de los Olivos, Editorial Unión, La Habana, 1996
Retorno de Selím, Editorial Sed de Belleza, Cienfuegos, 1998
El riesgo de la sabiduría, Editorial Capiro, Santa Clara, 2000
De lo que se supone, Editorial Nave de Papel, México, 2001
El signo del azar, Editorial Capiro, Santa Clara, 2002
Días a la deriva, Reina del Mar Editores, Cienfuegos, 2003
Mensajes del pan, Ediciones Orto, Granma, 2003
Sagradas pasiones, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2005
Dibujo de Salma, Editorial Capiro, Santa Clara, 2006, y Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2008
Que el gesto de mis manos no alcance, Antología personal, Editorial Unión, La Habana, 2007
Después del puente, sobre las aguas, Ediciones Matanzas, 2007
 Narrativa: Soñar el mar, Novela para jóvenes, Editorial Capiro, Santa Clara, 2004
Te regalo el cielo, novela para jóvenes, Editorial Cauce, Pinar del Río, 2006
Un día más allá, Novela, Bluebird Editions, [Estados Unidos de América]], 2008
 Obras suyas aparecen en las siguientes antologías:
 De transparencia en transparencia, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1993.
Poetas cubanos actuales, Ateneo de los Teques, Venezuela, 1995.
Los ríos de la mañana, Ediciones Unión, 1995.
Poesía cubana: La isla entera, Editorial Betania, España, 1995.
Mapa imaginario, Embajada de Francia, ICL, 1995.
Nuevos juegos prohibidos, Letras Cubanas, 1997.
Una mirada, Ediciones Luminaria, Santi Spiritus, 2002.
La estrella de Cuba, Inventario de una expedición, Editorial Letras Cubanas, 2004.
Pero todos sueñan, Lupus Libros, Canadá, 2004.
La madera sagrada, Ediciones Vigía, Matanzas, 2005.
La estrella de Cuba, Antología de la poesía cubana contemporánea. Monte Ávila Editores, Venezuela, 2006
Poems of Contemporary Cuba, Editorial Everyboyy, Estados Unidos, 2006
 Sus textos han aparecido en numerosas revistas de Cuba y el extranjero como: Unión, Letras Cubanas, La Gaceta de Cuba, Revista Cultural de la Universidad de Camaguey, Revista Ariel, Revista Vigía, Revista Matanzas, El mar y la montaña, Umbral, Matanzas, Cauce, Revista Areito, La nave de papel, Poesía Hispanoamericana, entre otras.

2 comentarios:

  1. Excelente muestra poética, descollante el alma bondadosa del poeta, podría decir humanismo pero el humanismo tiende a relegar a Dios, situando al hombre como centro, no creo es el caso en Arístides: cuantas emociones provocan sus lujosos versos trazados en líneas de cubanía, deleitables. La capacidad de observar como descubridor que no solo se acerca al objeto de su contemplación, además arrastra al lector a esa particular manera de mirar, escenario prodigioso donde lo particular se torna trascendente. Felicidades Arístides.

    Había permanecido toda una mañana bajo la húmeda sombra
    de empinada palma,
    con una ligera inclinación de la cabeza,
    apenas imperceptible
    hacía el lado en que las lomas se tornan tan azules como el mar,
    disfrutando de la quietud con que desciende el sol
    hasta cimentar la tierra apisonada durante siglos.
    Al mediodía me dispongo a estacionarme del otro lado
    de la línea divisoria
    en que se acomodan los pasajeros, atento a una señal
    para aproximarme al ventanillo,
    cristal blindado tras el cual alguien me observa atento,
    confisca mis ojos
    los de mirar con cierto resentimiento,
    los del otro rostro expuesto tal y como si fuese el verdadero.
    Me dejo tomar una foto, las huellas dactilares,
    primero los dedos juntos para finalmente exponer el dedo índice.
    Voy y regreso sin recordar mi nombre,
    sin la certeza de quién he sido
    como si al emprender un viaje quedara sin pasado.
    Un pasado inquietante en que uno se asedia a sí mismo.
    Digo cualquier nombre, cualquier fecha de nacimiento
    de mis padres ya muertos,
    *****
    cincuenta o sesenta aves huidizas
    en busca del ocaso de la tarde.
    Amenazaban las lluvias
    por buen rato aleteado alrededor de grises nubes
    para finalmente desaparecer
    por el mismo camino que tomaron las aves
    espantadas por la noche que ya se presentía.
    El brillo de la espléndida noche
    extendida sobre el mar
    solo desciende,
    cuando están todas las luces prendidas,
    luces de coloreado neón
    en los altos edificios de Sunny Isles
    liberando sus gigantes sombras
    sobre la frágil trazo de un ave
    que vuela en zic zac sobre mi cabeza
    como si fuese una premonición.
    Me pongo de pie y me le acerco,
    le doy de comer en la cuenca de mi mano.
    Le muestro mis residuos, se los sedo
    sin esperar nada a cambio.
    *****
    me aferro al cristal de una ventana
    a sabiendas que estoy cerca de una playa
    amortajada por los hilos de un aire tibio,
    puntadas a contra reloj
    en aguas en las que me he sumergido
    más de una vez.
    Intento ensanchar aún más el agujero
    protegido por un cristal blindado
    observarlo todo con detenimiento,
    incluso lo que no se expone a simple vista.
    Dispuesto a la perforación oriento el ojo entrenado
    al brillo que irradia la belleza.
    Dios es inmenso, le digo a Sonita
    que siempre está sonriente.
    Cómo no estarlo
    si ella sabe que permanecer bajo este cielo
    solo es posible por la bondad de Dios.
    En la madrugada me obligo a cerrar los ojos
    solo para escuchar el insistente bramido del agua
    enfrentada a la noche
    como si con su arrogante movimiento
    se hubiera tragado al pájaro que había dado de comer
    y que desde su fondo oscuro permanece atascado.
    Manera de hacernos saber su agonía.
    Pido a la noche se pierda en el nimbo del cielo,
    se enfrente al amanecer con su profunda oscuridad

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