lunes, 13 de enero de 2014

ELEGIA A GASTON BAQUERO Y OTROS POEMAS. RONEL GONZÁLEZ SÁNCHEZ
















Elegía a Gastón Baquero



Es cierto. Usted se ha ido al otro extremo
de esa cuerda sin límites que es la resurrección.
Pero no importa, seguimos esperándolo.
Palomas y poemas en mano
en la costa de Banes o en la Bahía de Corinto,
donde un extraño parque desvencijado lo recuerda
olvidado mil veces por la mano del Padre.

No hay dudas. Es la Nada la única respuesta
para su largo exilio,
moviendo los pies como un titiritero
que invierte los papeles en el circo del alma;
porque qué puede ser la lejanía sino una marioneta
          fuera de todo cálculo
de los ordenadores que detienen la noche sin el olor del mar.
Qué puede ser la lejanía, ese trivial concepto.

Ah, si al menos lo hubiera conocido, si aquellos versos
que le envié con los delfines, un día de noviembre,
usted los hubiera leído, antes de marcharse a dormir
con los pequeños,
qué fortuna la mía, que goce para un desconocido
en la provincia que dibujan los hombres con los ojos vendados.
Pero jamás llegó su carta,
jamás escuché la  voz temblorosa de mi madre decirme:
«es de Madrid,
debe traer noticias de la crisis de Europa.»
Su carta, definitivamente, no llegó
y en su lugar respiré hondo en la isla invisible.

Ahora qué suerte poder decir su nombre,
escuchar esta música que regresa de lugares remotos
con la victoriosa certeza de sus palabras
y aquella voz tan suya repitiendo incansable: «Yo te amo,
ciudad».
Qué suerte poder decir su nombre,
escribir que usted era el último de los iluminados,
sin que nadie me mire de reojo
al final de este siglo de infinito rencor.

Usted tenía razón: «silbar en la oscuridad para vencer el miedo
es lo que nos queda»
y silbar es muy fácil sobre un alto sepulcro
si las sirenas no llaman al viajero con la misma pujanza.

Usted tenía razón, siempre tendrá razón cuando se trate
de invertir el desánimo
en proferir insultos contra los viejos mitos
como un lastre o como un susurro que recorre las plazas
y las cosas se transforman al azar
a fuerza de derribar las máscaras,
comunes en estas tierras vírgenes.   
Las cosas regresan al origen, inofensivas y mórbidas
vuelven a su mudez
y el cervatillo alocado cabecea contra las fieles ubres
y el pájaro de la burla grazna su mal presagio cómplice
y el niño abandona sus juegos en una escena
de aterrador silencio
y todo sigue su curso invariable hacia la destrucción.

Ah, si al menos lo hubiera conocido en una esquina
de este pueblo marchito,
cuando usted aún no pretendía ser el eterno inocente
que escribiría inmortales palabras en la arena.
Si usted hubiera sido menos inaccesible que la insularidad
cuánto placer mostrarle un manuscrito: «destrócelo, Maestro,
nací a un manojo de versos de Saúl
y he deseado sus tachaduras desde hace muchos soles.
¡Cuánto placer adormecerme junto al Puerto de Paita
mientras los barcos se aproximan, viudos de lobreguez,
a las orillas de esta noche donde concluye el sueño!»

Es cierto. Ahora usted se ha ido, una vez más hacia la súplica
y sólo queda rezar por estas quietas frondas.
El destino del hombre no es la sombra ridícula
ni el llanto de los guerreros al final del combate,
pero nuestro destino es rezar por los astros
que parten y regresan como la podredumbre.
Ya sabe cuánto cuesta seguir mirando al Este,
gemelos de una historia que nos promete asombros.
Nuestro destino es asomarnos siempre al lago de Narciso
y arrojar lentas piedras a una imagen distante.
Hemos crecido ajenos, temerosos y simples como la desconfianza
pero miramos al mar, que empuja nuestros cuerpos playa afuera
de las generaciones que anhelaron poder huir del laberinto
en que se debatían.
Miramos al mar, en su plenitud de desierto cambiante
como nuestras ideas,
y  el dolor se reduce a la antigua  metáfora de la separación
del agua entre las aguas.
El dolor excluye la luz de las tinieblas
como un oscuro símbolo.

¡Qué tristeza olvidar el rito de la sangre,
el juicio de las cosas que han de ser juzgadas
por el desvalimiento,
cuando la rosa y el fuego sean uno como pedía un escriba!

Este es el tiempo de la fatalidad,
tiempo de disparos y de saltos sin fecha,
tiempo de derrumbes y  proclamas inútiles.
El hombre dicta, a ciegas, tumultos de esperanzas
y se arroja al Vacío desde un balcón de odio.
Yo no comprendo nada, yo soy un inocente.
¡Si pudiéramos encontrar algo puro y durable
de sustancia humana!
Pero  usted  ve, la ilusión no germina
y yo escribo estos versos de implacable memoria
cuando algo me dice que moriré al final del poema.

Ah, si al menos lo hubiera conocido,
si hubiera celebrado conmigo aquel fallido ascenso
como celebró, secretamente, el ascenso del poeta
condenado al paisaje
por una época de escasos esplendores;
sería todo distinto para el que ahora se conforma
con releer apuntes
de los que aseguran haber visto sus manos
bajo el disfraz senil de la paciencia.

Ya no tiene sentido saber cuál es el próximo que cruzará
el Jordán
o que tendrá puestos los ojos en el pueblo de Uruk,
porque los días se acortan
y los patriarcas juran que imaginarias eras
reducen a la impotencia a los pajes del Reino.
Usted se ha marchado,
dejándonos un sabor de archipiélago mudo
entre los labios,
y no habrá océano que restaure de prisa
las simas de frustración que apuntaló la diáspora.       



A D.P. y E.R.  




Dilatada entrevista a Gonzalo Rojas                   

No tenernos talento, es que

no tenemos talento, lo que nos pasa
es que no tenemos talento…

                                                 G.R.

I
Justo cuando iba a cerrar la Antología
llega usted y amenaza: «yo soy Gonzalo Rojas,
vengo del Pacífico sur, pero no soy sureño ni pacífico,
mas bien pertenezco al relámpago y disiento del átomo
y el éxtasis.»

Con el recelo propio de los retorizantes,
atiendo el parentesco seglar de las palabras
que caen en la marmita y expansionan
con una pulsación intragrafémica que distiende el período
y tolero su arrebato ergonómico,
su tasación satirizante de lo que sonoriza.   

«Ulterior a cualquier ulteriorismo surrealizado en Lebu,
me apliqué a desolemnizar un reticente contrabando
de neblinas poemáticas,
desde que calibré el ejercicio de agenciarme en azogue
la irrealidad de lo supuestamente real y advenedizo,
pero no he obtenido la ascensión del enigma
en los fragmentos nebulosos que le arranqué al silencio».

II
Correligionario mordaz de la insurgencia,
el convidado disimula su aversión por lo árido
con gestos que enrarecen el ocio
virtual e impenetrable de las islas.  

«Yo no admito la esterilidad,
no esa suya, la legítima,
no la de prolongarse en pautas y nomenclaturas genéticas
que un día decretaron los entendidos en inútiles  
y que, según fórmula del esquizo Rimbaud,
como a cualquiera le otorgan ojos glaucos
reclamando quién sabe qué críptica dulzura,
no determina en transacciones con lo efímero.
Yo no acepto la feria sin un garabato libresco
que ofrendar al prójimo,
al próximo prójimo paupérrimo que sorbe su café
como si fuera perpetua la instantánea.»

III
Poco amplifica acerca del apresamiento de lo resbaladizo
que en dos secciona el círculo escritura,
y es necesario adivinar cómo escapa al origen
como el primer arúspice
que vio sobrevenir la didascalia sin acercarse al borde.

«Desde antaño supimos que el poema retorna
a la secreta emulsión fúlgida,
porque todo está suspendido sobre el anillo de la muerte
y el intérprete corta los hilos como contorno mítico
de alguien/algo que es nada
en la subitánea ilusión del desierto.

Si el lastre cae o no será obra de impulsos y opacidades
abolidas
por la serena y levantisca imantación celeste».  

IV
Apegado al disturbio de la voz que adjudica dones
y transferencias,
en tanto duda del oblicuo desnacer de las estanterías
abarrotadas de cadáveres,
el poeta le añade un balbuceo absoluto
al encontronazo germinativo con el sílice.

«Hace tiempo abdiqué de los ordenamientos que se automutilan 
en ásperas lecciones sin rigor aparente,
en cambio me fielizo a procederes rústicos del eco y el atisbo,

añejas digresiones sobre diástoles 
en la legión del énfasis».  

V
No demasiado, sino terca y miserablemente humano
frente a la posesión antimimética de los altos augures,
que auscultan, como Heráclito, el renegado destino del Fluir;
llega usted con su Vallejo y su de Rokha áureos
y elementales, en la honda gramática de la diversidad,
para entramparnos en la norma de una pureza antigua
y, misteriosamente, comenzamos a entender el designio
de cifrar deshilachamientos en el cántico,
atumultuadas vibraciones para captar con el estómago,
vacío ya de tan mal digerida resonancia.

«En esto de desviarse de lo múltiple
y romperse los dedos con el punzón,
no puede haber pactos con lucimientos y comprometeduras
más o menos visibles.
Nos dieron una forma del diálogo
que es como decir una desventura prodigiosa, un deleitoso
vértigo
y, si algún nexo existe con el cosmos, tiene que ser de anulación
y alarma; 
no de reproducción de aspavientos,
por infra o supratemporales que parezcan.
La poesía sigue siendo matria de oposición
y como el hambre clamorosa de sosiego
exige sacrificar la res,
sacrificar la res
en la noche ilegal del moribundo.»   




El deshielo


Mas queda todavía
algo por decir. Pues casi
demasiado súbita vino hasta mí
esta felicidad. Lo solitario,
y yo, sin comprender mi riqueza,
me volví hacia una sombra.


Susette Gontard:
cada día salgo a una búsqueda nueva,
aunque el mundo pone a prueba
los posos de mi energía.  
Salvo tú y la algarabía mental
que atascan mi noria revulsiva,
no hallo gloria en esto de perecer,
solo por enmudecer
mi desazón perentoria. 

El hielo caía sobre mi espalda, y el Neckhar lo arrastraba como una flor nocturna que no termina de vagar y la repudia el cierzo, y éramos hermosos, con la afiebrada doncellez de un monasterio en ruinas.
Tú estabas junto al fuego, sin dejar de indicarme los recovecos para llegar a Zimmer, el delirante Zimmer, el patético Zimmer, siempre bajo virutas de un no acabado calidoscopio íntimo.

Diótima:
las cosas mudan de cataduras,
de nombres,
y no consiguen los hombres refrenarlas,
porque enviudan 
(las cosas) huyen,
reanudan sus reintegros al Fluir,
y yo no puedo impedir
que, patibularias, finjan ser veraces,
y restrinjan al vértigo de omitir.    

Tú estabas, perturbador vocablo que me excluye en el límite, y yo perseguía tu belleza de mármol jónico recién desarraigado, tus modos de encarnar en mi papelería intemperismos, junto a las estatuas sin vibración de Patmos.
Yo percibía la música al pronunciar la sílaba de mis desafueros manuscritos, como se intuye la estridencia de la disolución: sin extravagantizarse, y el mundo se mareaba de solemnidad.

La ajenidad prohibitiva.
Los villorrios traicionados.
Los ídolos alienados.
La seudpágina altiva.
Todo es en mí privativa abducción,
brutal remedo de un evanescente credo
en arcángeles malquistos
que enfila mis anticristos
a contender contra el miedo.

Todo ese invierno fue resol, transcurso ojerizo y glacialesco que aún bosteza en los alrededores, y ponía en duda la duración textual, cuando despertabas a mi lado en esta suerte de necrocomio que es mi umbrátil montículo, pero las cosas tienen un costado de insubordinación a lo incesante,  un perfil endémico opuesto al suceder ad usum, y la antipatía del iceberg es análoga al deterioro del ingenio, según la escarcha devela la opacidad que gobierna el espíritu.

Diótima:
¡qué sucesión de acabamientos!
Susette:
asistimos a un ballet de sombras,
por omisión.

Aunque no te vea,
dispón tu mano sobre estos ciscos
luctuosos, agrios, ariscos,
y de una vez cesarán
cuando concluya mi afán
de hablar con los obeliscos.

Ahora deja que me calle. Y nunca más
permitas que vea aquello que me mata.



La que soñó, la que fue soñada[1]


Yo amé a Alejandra en secreto
y Buenos Aires caía
de lado sobre mí,
hundía su filo en mi rostro inquieto.

Juro que la amé,
indiscreto como soy,
no cuerdo,
raro.

Ella inventó el desamparo,
el infierno musical
y yo la amé hasta el final
violento de su “disparo”.

Yo amé a Alejandra,
los dos del brazo,
los dos helados
bajo los bosques pasados de la infancia,
bajo los espejismos del adiós.


Ella tuvo el pelo gris
y una dulce cicatriz en el alma.

Yo la invoco,
sola,
incauta,
bajo el loco cielo huraño de París.

Yo amé a Alejandra.
Ella estaba desviviendo en su orfandad
la furiosa eternidad de su piel.

Ella soñaba
y yo la soñé.
La amaba hasta la sangre.

¡Qué hastío quedar con este vacío
a cuestas!

La amé.

Dios sabe
que no hay olvido que acabe
con su fantasma
tan mío.



Otra vez Electra


Eternity bores me,
I never wanted it.
Silvia Plath


Ella era intrépida,
fría como un seto de escayola
y “tocaba fondo” sola
nada más cuando escribía.

No era irreal,
pero fingía ser una especie tangible
de entidad infrasensible,
sin nombre y sin domicilio
que incriminaba al exilio
por su otredad imposible.

Ella fue
(si no traiciona la forma verbal inepta)
imperfección que no acepta
verse encarnada en persona.
Atribulada anfitriona
de un paradojal entorno,
con fruición urdió el retorno
al originario influjo
y, sin pensarlo,
introdujo su tempestad
en el horno.

Ella decía que morir
era un arte intrascendente
que hacía excepcionalmente bien,
como el don de abolir las formas
o perseguir una extravagante escala.

Ella,
siempre en la antesala
de una omnipresencia trunca,
no terminó de ser nunca
una sepia colegiala.




Magnas aberraciones en El Alto


En el Alto cae nieve te abrazo para no decir adiós hubieras visto el lago hasta nunca cóndor sobre las cordilleras dices quédate hilo de voz no escucho volveré? oteo la ciudad desarraigado origenista coloquial entusiasta del sesenta lírico lastimoso del ochenta hubieras visto el lago vidrios me nostalgiaron cafés desiertos a esta hora te coses a mi respiración hubieras visto el lago mira es que yo arrastro brocal de piedras con mi imagen guizazos de Baracoa en los tobillos periferias mefíticas hubieras visto el lago mira es que yo sé plazas donde maldices nadie escucha no temas lluvia tamborilea para los regresantes hubieras visto el lago mira es que pasan otra vez pájaros tojosas de las islas en el Alto no dejará de caer nieve hasta que vuelvas pero ya a mí ningún camino me devuelve a Roma.
    Aeropuerto El Alto, La Paz, agosto 21, 2004.


Ave
de nieve amarilla. 

El desconcierto está a bordo
de un ocre artefacto sordo
que hiende la pesadilla.
Al sur de mi ventanilla
se ha coagulado un islote
y yo percibo
en su escote de tolerancia magnética
una sed mitopoética
devenida en estrambote. 

Convicto de la miseria
pongo a prueba mi manigua,
en la seducción ambigua
que ejerce la periferia.

Disecciono mi materia
en patria
y obscenidad,
pero elijo la mitad
menos drástica,
y extraigo mi fervor
de un desarraigo rancio de insularidad.

La nación está en fragmentos,
desnuda,
sobre la cama,
y yo calibro la trama
carnal de mis argumentos.

Debo elegir
entre cientos de epicúreos intersticios,
desdoblarme en artificios,
duplicar las percepciones
para que mis emociones
no igualen sus precipicios.

Enigmáticos son esos cotos de penumbra
que se asemejan a la irrealidad
y al cabo pertenecen
a la reconstrucción descarnada
que es el paisaje de un cuerpo poseído.
Como el poeta francés
sucumbí a la tentación de sopesar los límites
e interpuse fragmentos de claridad prohibida
como el que busca un ángel
en el centro de la noche.
Si miro a las tinieblas
que de un momento a otro
descenderán sobre mis páginas
puedo asegurar
que hay cuerpos cuya aritmética
es absolutamente impredecible
y empujan hacia lo fatal.


A la manera en que Saint John
organizó sus titubeos
me pregunto si estos desórdenes,
entrevistos desde la cuerda floja,
no serán síntomas
de una edad cuyo fin toca  a la puerta.

Saint John Perse:
yo amé lo advenedizo
y escribí aburridos poemas
sobre la desnudez,
la patria
y el espíritu,
con la misma inocencia
de quien ingresa desposeído de otra latitud,
con el mismo sobresalto
de quien se marcha
en busca del vellocino negado por los dioses.

Isla anorgásmica encima
y la deserción arrecia en cada gramo de amnesia
que la ausencia legitima.

Lo fragmentario da grima
visto desde lo total.

Un imposible abisal filtrado por la molicie
reintegra a la superficie el letargo nacional.

Entre los senos tediosos  
de la patria,
inexpresivo,
en el triángulo lascivo
hundo mis dedos capciosos
y trazo surcos morbosos
por el éxtasis,
yo,
arcádico,
yo,
ingrávido,
yo,
esporádico exiliado de las frutas voluptuosas,
y las putas
de René López. 
Yo,
sádico. 

A bordo de mi propia miseria
crucé el océano
y respiré profundo la mediatización
de mis sentidos.

Junto a las cumbres heladas
comprendí lo que es haberse desgastado
en escrituras semejantes al odio,
cotidiana silueta de existencias vencidas
por la falta de fe,
la obsesión
y la culpa.

Confieso que siempre había añorado
pronunciar las sílabas de la libertad
como se rozan los muslos de una muchacha
por debajo de la mesa,
sin embargo la estatura del miedo
no abandonó un instante el rostro del escriba
que quiso transgredir la mediocre prosodia
de un idioma recóndito.

Mientras duró el milagro
de retener una mirada entre vasos servidos
con imposibles libaciones,
y la certidumbre de poseer
la piel estremecida de una duda foránea,
estuve a punto de afirmar
que hay voces en lo efímero
superiores a un gastado argumento.

Obnubilado por la confusión,
pretendí conformar mis derrotas
a la medida del silencio,
y, contra toda lógica,
regresé a los tugurios
donde antes me reproché el peligro
de ser un pétreo desamparo.

Lo aposté todo al desaliento
y la agonía de permanecer
entre la abulia de mis semejantes
y la zozobra del que aguarda más allá del océano,
aunque jamás pudiera
atisbar, desde lejos, los contornos
de una ciudad traumática.

Desnudo,
sobre la alfombra vulgar de la cordillera,
de pie,
sobre una bandera enrarecida de sombra.

Escucho un brocal que nombra
mis cerrazones oriundas
y quiero hendir sus rotundas cláusulas,
quiero anular la embriaguez,

y regresar
a mis guásimas profundas.

Ave de nieve,
ave errante.
Ambivalente sintagma.

La lejanía es un magma críptico y enajenante.

La lejanía mutante.

Antitético concilio.

Cuerpos que piden auxilio
cuando la Paz queda muda.

Y yo,
destierro la duda,
en las aguas
del exilio.



Foto sepia de Ronel González releyendo Lo cubano en la poesía


Yo no quería hablar de andenes ni de mundos diferidos,
de fatalismos ungidos por mis eclécticos genes.

No quería tales bienes en sumersión.

Un instante,
al menos,
quería el semblante cosmopolita
y diverso
que acercara el universo a mi avidez desafiante.

Inhalar sin artificios.

Desenmudecer mis fiebres.

Suscribir rotundos quiebres de noción,
aunque mis juicios devinieran en ficticios argumentos,
y lo humano dimitiera de antemano,
por escritural desgaste
que expansionara el contraste con lo obscuro
y lo profano.

Yo quería.
Yo aplicaba al estático rimero útiles de relojero.
Luego me desencontraba.

Descronometrar la aldaba irrespirante,
con trastos al uso, fijaba emplastos 
en el mugriento tejido,
demasiado atento al ruido de los guarismos nefastos.

Alguna vez la inocencia pre y poscreativa me puso,
como referente abstruso,
escribir por insurgencia.

Reformular, con urgencia, el paisaje somnoliento
del discurso,
estar atento al sonido antigregario,
y no al nervio estrafalario que induce
al desbordamiento.

Toda una extensión verbosa,
infatuado de intemperie,
negué mi asesino en serie con una idea morbosa
del arte.

Aspiré a la cosa en sí,
a la esencia,
al ligamen trascendente,
fui al certamen de los sentidos,
a medias,
perito en tragicomedias que aguardan por un dictamen.

Alguna vez fui el oráculo,
la imprecación,
la promesa.

Alguna vez la belleza amotinó mi espectáculo.

Alguna vez no hubo obstáculo para el reo
en malandanzas,
y ni las desemejanzas con mi entorno me abatieron. 

Alguna vez me ofrecieron indulto,
y quebré mis lanzas.

Sucedía la extensión sin temporales diafragmas,
instituyendo sintagmas: claustros de aniquilación,
negando a la “trabazón inescrutable”
un convulso rescoldo,
contra el insulso hatajo de ociosos fuelles
que desinflaman las leyes reluctantes del impulso.


Deseaba infringir los pactos de la molicie,
esa estigia
que tantas veces litigia con verbalismos abstractos.

Huir,
esquivar los actos de vileza intemporal
para suceder lo real a la deriva,
sin lastre,
autónomo en el desastre que anticipaba el Umbral.

Por escaleras roídas se abría paso el delito,
grafiteado como un grito de sirenas desoídas,
y yo ansiaba esas caídas de albura convaleciente
en mi sima adoleciente
con fervor impronunciable,
como el que ve lo insondable al otro lado de un puente.

Gestualidad transitoria,
abalorios en menguante,
inepcia insignificante,
cuchitril de alma mortuoria.

Nuevamente la memoria contra un vértigo nietzscheano
capta el zigzag de mi mano sobre una estepa lasciva,
y otra vez la subversiva luz
disuelve lo profano.
Entidad en discordancia con su propia estimación
de la lógica,
intrusión dual:
azar/ repugnancia. 

Victoria de la inconstancia ingénita sobre el crimen.
Perplejidad frente al himen.

Apetencias y censuras. 

Virtud de cribar impuras palabras que no redimen.

Supliciar el malandante transcurrir de una estructura,
dio sentido a la aventura de dar caza a un río mutante,
sin relación importante
con el ámbito unitivo del rastreador.

Lo excesivo debía,
por consiguiente,
no ser un gesto inmanente al microtexto invasivo.

¿La permutación sonora llevada hasta el paroxismo
le restaba al organismo poético
abarcadora duración?


Agua invasora,
agua de germen escénico,
¿impera lo fenoménico sobre el discurrir bullente
que se incorpora,
vehemente,
al socavón ecuménico?

Podar la anécdota,
el nexo que urge contextualizar.

No ser tentado a nombrar
el fascículo complexo de lo asentado.

Conexo con un decir implotable,
se vislumbraba probable añadir al silabario
un trance reescriturario,
y ese fue el rumbo inmutable.

Pero hay logos traicionados,
patetismos germinantes,
responsos beligerantes
y sermones complotados que reemergen.

Hay truncados gerifaltes de regreso,
ponderando un retroceso
al distrito inamovible de la afasia,
un ilegible
descendimiento
inconfeso. 

Hoy,
sin las figuraciones díscolas de la lujuria,
soy incontinencia espuria,
fracturación de emociones.

Observo y juzgo los dones desmedidos
del propenso a desdoblarse,
suspenso de un lírico apocrifario
en el que soy mi contrario
mudo,
estólido,
indefenso.

Y ni pergeñar luctuosas cantilenas,
ni formales diatribas
ocasionales
contra apuestas sospechosas
me entusiasma.

Procelosas grafías que no descarto,
con otros entes comparto sólo por manía de orfebre,

porque después de la fiebre sediciosa,
las aparto.

Íngrimo ante la pared,
donde lo que se rehace me niega,
soy un enlace burdo
con mi antigua sed.

Luego,
desciendo,
a merced de un claroscuro grotesco
que transforma en arabesco la irrecuperable zona,
pero siempre me traiciona
el remolino
dantesco.

Me incriminan las secuencias insecuentes,
los volúmenes sin concordia,
los resúmenes umbríos,
las fluorescencias.

Perpetro desavenencias de hormiga. Luego, la duda.

¿Qué fascinación tozuda es esta?


¿A qué erial despótico pido disipar mi amniótico carbón
que no se desviuda?

Anular el yo sombrío y ser ente visionario
que, bajo un risco precario, advierte el cauce del río.

Privarle al estrellerío, no su índole anchurosa,
sino la menesterosa brizna,
y ponerla a oscilar
en el sereno telar de la Energía misteriosa.  

Diluir el trillo estrófico: carne de antífona en marcha.

Entender que no es la escarcha un precursor
hipertrófico,
siempre,
del hielo distrófico.

Puede bullir,
en la artesa,
el barro
y no ser promesa de alfarería imparable
ni es la dimensión mutable
señal
de que el canto
empieza.




Ronel González Sánchez (Holguín, Cuba, 1971). Es investigador literario, poeta, ensayista y escritor para niños. Licenciado en Historia del Arte. Diplomado en Historia y Cultura Cubanas. Máster en Desarrollo Cultural Comunitario. Posee la categoría científica de Investigador Auxiliar y la Categoría de Profesor Asistente, la Distinción por la Cultura Nacional, el Escudo  de  la  Provincia  de Holguín, el Aldabón de La Periquera, entre otros. Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) desde 1993. Ha publicado 37 libros y su obra aparece en 72 antologías dentro y fuera de su país. Ha obtenido  numerosos premios nacionales e internacionales. Es autor de las investigaciones: Selva interior, estudio crítico de la poesía en Holguín (1862-1930) (2002); La noche octosilábicahistoria de décima escrita en Holguín (1862-2003) (2004), La sucesión sumergida. Estudio de la creación en décimas de José Lezama Lima (2006), Alegoría y transfiguración. La décima en el Grupo Orígenes (2007), Árbol de la esperanza. Antología de décimas hispanoamericanas (2008). Además, de los volúmenes Desterrado de asombros (Poesía, Letras Cubanas, 1997), Consumación de la utopía (Poesía, Estados Unidos, 1999 y La Habana, 2005), Un país increíble (Poesía para niños, 1992), El Arca de No Sé (Poesía para niños, 2001), Zoológico (Cuento, 2009), En compañía de adultos (Poesía para niños, 2010).




[1] Alejandra Pizarnik

1 comentario:

  1. Me parecen excelentes los poemas de Ronel González, creo que es muy buen poeta, lástima que viva en Holguín. Ronel González Sánchez

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