martes, 10 de septiembre de 2013

LA RABIA DE PIOJO por Giordan Rodríguez Milanés















        

Grita sentado sobre la cornisa que se desmorona. La ruina se refleja en su pupila inerte. Ya no oye las murmuraciones de los vecinos. ¡Quién lo iba a creer! ¡Qué aquel vejete inofensivo y amable fuera capaz de armar tal destrozo con un lamento! ¡Qué los emos acudieran a coronarle la destrucción! ¡Qué los vampiros de la casona colonial volaran despavoridos!
Asomado al barrial Armagedón, El Simple queda estupefacto ante el comportamiento lepidóptero de los emos. Admirable le resulta el afán de los sufridos en pos de la danza del triunfo, absurda danza que ni El Simple, ni La Doncella sin Juicio, ni el resto de los vecinos logran explicarse.


Tampoco le encuentran sentido a la situación los bomberos que acudieron al lugar cuando ya no había a quien rescatar, los policías que sirvieron de paramédicos, los paramédicos sin combustible para la ambulancia, las inmóviles autoridades de la municipalidad. No llegarían a saber que el derrumbe no comenzó tras el alarido de Piojo, sino mucho antes, cuarenta años antes, cuando Piojo abandonó la guitarra y matriculó en la Universidad obligado por La Madre Severa.  Perdió su libertad del modo en que la perdemos todos –piensa El Simple-, aplicándose al anhelo de quienes le rodeaban.  Recuerdo cuando me contó lo de la incredulidad de su madre el día que lo exaltaron graduado ejemplar. Cierto ministro sonrió y dijo: hijo de gata caza ratones.  La Madre Severa  sólo atinó a proferir toda ceremoniosa: ¡Sirvo a la Patria embravecida! Sentada en la tribuna de la presidencia, miraba y miraba el diploma, escudriñaba en los contornos del sello dorado, lo olía. La Madre Severa nunca ha creído en milagros, sospecha la celada: el hijo no deseado, criado por abuelos, segundón ante las impostergables tareas de aquella mujer comprometida con el mejoramiento humano: ¿De pronto había dado un paso indiscutible hacia el promontorio donde vivirían los hombres del futuro? ¿Será cierto que apartó la guitarra y los versos para dedicarse a los unos y los ceros?

El Simple, que ni muerto se explica por qué rayos ahora mismo los emos hacen cabriolas en torno a los escombros, rememora perfectamente el final de aquella conversación con Piojo: ¡Pura farsa, Simple, pura farsa, la rutina de un virus mutante: poder y hurto de la libertad ajena! Y El Simple siempre creyó que Piojo se refería a La Madre Severa. Pero  al mirar a La Doncella sin Juicio duda, porque Piojo no vivía tan mal… ¿Verdad, Doncella sin Juicio? Tenía un buen trabajo, el único negocio de comida a domicilio de la ciudad, -en eso fue un pionero, musita la mujer.  -Un tipo culto, respetado por todos, incapaz de hacer daño a los otros, querido lo mismo por los blancos sin credo que por los negros sin suerte. ¿Por qué las vibraciones de Piojo destrozarían todo el edificio, eh, Doncella?  Y la Doncella sin Juicio hace una genuflexión, parece que va proferir un alarido. Los bomberos con la ayuda de la policía intentan la evacuación inmediata del tumulto de curiosos: ¡Otro grito pudiera ser fatal para la manzana!

La Doncella sin Juicio no emite sonido alguno: -¿Para qué? Si estoica puse  mi faz a merced de tu palma, Piojo, si me consagré a tu malhumorada constante, si sólo fui tu vaca sensual, tu carne prohibida, tu ensueño dormido en los laureles. Era lógico esperar que al fin lo destruyeras todo: la casa, tus entuertos, las cuerdas rasgadas. Lo mismo hiciste  aquella noche en la que con el barrido de tu mano me abatiste la fe en tus melodías, aquella seguridad de que nos teníamos el uno al otro para defendernos de la rigidez. El uno al otro, Piojo, no más. No teníamos el éxito pero ambos éramos la fuga, no alcanzamos a juntar el dinero para pasearnos entre los turistas pero cada noche nos bastaba el sudor y el jadeo. Hasta que aquella madrugada gritaste, sólo que aquel alarido no tenía aún la fuerza de este escarnio, Piojo, aquel únicamente fue el barrido de tu mano perdiendo la ventaja de quererte, devolviéndome a la primitiva condición de La Doncella sin Juicio junto al Simple, que no canta ni escribe versos, Piojo, pero tampoco la caga… ¡Porque, entérate, aquella madrugada la cagaste, Piojo!

Cuando los implicados se convencen de que La Doncella sin Juicio ha quedado muda, sobreviene el desastre. La Emo Fílica, mulata de enormes senos, es la primera en convertirse en mariposa, sobre el hombre izquierdo del Simple comienza a entonar La Marsellesa. Los vecinos ancianos susurran que se parece a la voz de Mirelle Mathiu. Su pareja, un  chico con el pelo teñido de rojo mate conocido como Tripletesta- canta a su vez La Internacional con la voz de Mercedes Sosa y da vueltas alrededor de La Doncella sin Juicio blandiendo unas alas enormes;  y aparece La Güija teñida de matices amarillos: all you need is love,/lalalarará,/all you need is love/lalalarará.  Entonces las paredes de las viejas casas coloniales comienzan a quebrarse. Los vecinos chocan entre sí: ¡Un terremoto! ¡Nos hundimos! Con cada nueva cantarina se produce otro derrumbe.  Una vez arrasada la manzana de Piojo, continúa el desplome de los alrededores: No necesito silencio, no, yo no tengo en quien pensar, y cae el edificio barroco; todavía quedan restos de humedad, ha tumbado al monumento ecléctico; ojalá pase algo que te borre de pronto, y sí, se borra la mansión neoclásica; dame una isla en el centro del mar, y se destroza el malecón; qué veinte años no es nada, el reloj de la iglesia da su última campanada sobre el pavimento trepanado.  Las autoridades municipales le ceden la sapiencia a las provinciales y ésta, a su vez, a los expertos de la nación: ninguno puede detener el canto de una juventud sufriente convertida en mariposa. 

Dos horas han bastado. El Simple y la Doncella sin Juicio yacen abrazados mientras las columnas retorcidas de lo que fuera el Hospital Psiquiátrico, sepultan a Piojo. Los emos callan y emprenden el vuelo en busca, tal vez, de otros sufrimientos. Sólo entonces se atreven los vampiros a regresar. Realizan una hermosa tribuna abierta con banderitas y consignas desangradas y hasta develan una lápida que indica: aquí termina el cuento de una ciudad convertida en polvo.




Derechos reservados ©  Giordan Rodríguez Milanés, 2013.








Giordan Rodríguez Milanés (21 de febrero de 1973) Manzanillo. Granma. Guionista y director de Radio y Televisión desde 1991.
Trabajó en Radio Bayamo y Radio Granma. Obtuvo Premio en el Concurso Juan Francisco Sariol en el género de cuento en el año. Ha publicado varios cuentos y ensayos en revistas literarias como Ancora de Ediciones Orto y Ventana Sur de Ediciones Bayamo. Orden al mérito artístico de la Universidad Pedagógica de Granma. Ha publicado El Casi Libro del Inconforme, Retazos de la Censura en Ediciones Orto 2011. Sostiene una columna de crítica sociocultural en la radio muy influyente en Granma denominada Pulsos....

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