viernes, 7 de junio de 2013

PASAJERO SIN OFICIO Y OTROS POEMAS......JUAN CALERO RODRIGUEZ


 


Juan Calero Rodríguez, de padre canario y madre cubana, nace en Guanajay, La Habana, Cuba. Aunque su formación educacional ha corrido por las ramas técnicas como estudiar hasta el quinto año de Ingeniería Industrial, y ser graduado de Delineación Mecánica y Delineación Arquitectónica; su verdadera vocación ha estado entre, la pintura, caricatura y el diseño gráfico, llegando a exponer en algunas salas de la capital cubana, y la literaria habiendo desarrollado los géneros de poesía, cuento y novela. Ha obtenido varios reconocimientos en diversos concursos como el Vicente Silveira y Arjona; el Premio de Poesía de Amor, de Varadero; el III Concurso Provincial de Ciudad de La Habana Luís Rogelio Nogueras; el XVIII Encuentro Provincial de Talleres Literarios de La Habana. En España, fue el ganador en la última edición del Premio Uni-Verso celebrado en Tenerife, el Tercer Premio del XVII edición de las Jornadas de la Viña y el Vino y 1º Accésit en I Certamen de Poesía Erótica en Canarias. Ha publicado los poemarios PALABRAS DEL BALSERO y PASAJERO SIN OFICIO. Tiene otros libros inéditos de cuento y poesía. Actualmente reside en San Andrés y Sauces, La Palma. Es fundador y Presidente de la Agrupación Cultural ARTEnaciente, una agrupación cultural del noreste de La Palma, donde en cinco años de creada han realizado 75 eventos de teatro, pintura, escultura, fotografía, cerámica, artesanía, música y literatura. En la rama literaria ha lanzado el Certamen de Poesía para Canarias ARTEnaciente en dos ocasiones.
El lobo y el circo
Madre yo no soy la fiera del circo que aparenta dormida.
Tú que conoces todos los instantes del equilibrio
recuérdame el nombre, la fecha de los auxilios. Los accidentes.
Ahora que confundo el hilo de los recuerdos
y el correo niega hasta el último de los mensajes.
Todos los días abro los brazos
como un agujero así de grande
por donde se me escapa un montón de cosas.
Cada uno inventaría sus puentes para saberse loco
mientras yo sólo reclamo una llanura para mis peces atrapados.
Sé que debo luchar.
Perdona mi falta de fe
si en este instante suenan débiles mis palabras.
Si tuviera al menos la incomprensión
pero ni tus súplicas al cielo hacen trampas.
Nadie tiene la culpa,
el mundo no puede cobijar más excepciones.
Vivimos tan llenos de rencor
que ya no quedan simulacros a la venta.
Cada jornada es la página perdida,
no la última de consignas y discursos.
Acosa el hambre, pero aún me sostiene la luz.
Odio al lobo de los cuentos
por cometer errores, enormes, tremendos.
Confesiones del balsero
1
Yo, no más que el balsero
hijo de mi padre,
hijo también de estas islas
acostumbradas a la emigración
donde unos piensan sólo en trabajar
mientras para otros no existe la razón suficiente.
Confieso que todo depende de repicar campanas por el pecho,
el repicar de campanas y los dedos largos de la noche
que se afanan por desconocerlo.
He aquí el reverso del agua, la corriente.
He aquí la oscuridad murmurante
encharcada, inconmensurable,  inconmovible.
El grito extenso y lleno de sed viaja por ciudades remotas,
la hoguera de párpados tremendos confiesa tener dudas
y el canto que no ha existido jamás
apenas un dedo de nada
vuelve lleno de miedo
sin entender
el extremo más ecuatorial del destino.
El inmigrante no vuelve. No es ventura
resucitar con los bolsillos manchados de humedad.
Emigrar es nacer un poco más tarde
y todos estamos dispuestos a ser otro
por dejar de ser inmigrante
hasta romper los nuncas
con la urgencia del que no quiere morirse.
2
Destino, perro mío
por qué quieres salirte del pecho
si afuera todo es mortal.
Ábreme las puertas, soy el campanario,
me quedo sin palomas.
He hablado de ti, pidiendo mordidas de peces.
Muchas veces hablo, como ahora,
las campanas suenan tan dentro, oh alcatraz, que he rezado
por la raza de los martes.
Escoge una larga pausa donde ahogar la rabia
invita a la lluvia por los charcos de la ciudad.
Desata remolinos, furias o caracolas.
Es la hora de levantar los oficios.
Bien sabes que el día con sus límites
se esconde por tus cabellos encendidos.
Perdona tal vez esta flaqueza si digo
“vuélvete, toma tu migaja
y sálvame de estas cuatro auroras boreales
pariendo en el ala del sombrero”.
Poco importa ya la tibieza de alguna máscara
si canto sobre las paredes del silencio.
Seas tú, el mundo no es quemarse los dedos
improvisando un himno condenado
que dispersa sus cenizas
sin volcarse en otro nuevo testimonio.
 Pasajero sin oficio
Yo debí ser un par de garras melladas,
escabulléndose en los lechos de mares silenciosos.
T. S. Eliot
Siento gritar la ciudad desde un mundo sin oídos.
Aún pago alquiler por estas calles.
Dentro hay un extranjero que batalla
mientras impacienta la muerte
a vivir sin más harapos los días de otros.
Cada cual tiene su tiempo, su estancia, su huella
súbdito de dioses. A fin de bendecir el mundo.
Contra el tiempo
no valen compresas de lava ni sismos
donde se violen trampas de colores más brillantes.
El tiempo anda hirviendo en sus calderas de hierro,
la vida es una raza que se extingue.
Somos este siglo de esperma
sin que llueva polvo al paso de los cometas.
He pasado agosto por todas partes
zurciendo precipicios, perdido, por alguna grada
desde entonces Setiembre sabe a fin de vacaciones
y cocino mis propios viernes.
Venderse como emigrante resulta más barato que prófugo,
ser cómplice y asesino a la vez.
La ciudad muestra todas las máscaras,
no regala ni el viento de algunos segundos.
Las calles han perdido sus nombres. Ahora
tienen un número colgado al cuello
alineadas fríamente.
Esta esquina trae la muerte de cuatro compañeros
y una muchacha.
Frente al cine se reunen otros amigos,
nadie me conoce.
Nunca he rezado en altares de dioses
jamás fiestas de dioses,
siempre ajeno a una guitarra.
Converso con cuadernos llenos de vergüenza por sus poemas
las integrales no me han resuelto ninguna dificultad.
Ni reflectores ni cámaras
han jugado la exclusividad de verme
vencedor
de gladiadores enemigos.
Acorralado por los días
he tenido vicios, lo confieso
como confieso aquí mi testimonio, mi sangrar.
El lóbulo convexo de un ojo.
La ciudad se destierra con un balazo.
Cientos de hambres deambulan oxidándose
en busca de una lengua herrumbrosa.
Mi lengua es la escoria de cada pecado intacto
y yo como un desastrado más
reduciéndome
un mediocre casi moribundo.
Lenta
fríamente
cual gota de suero
la soledad desgarra.
Nos aniquila plácidamente.
Todos los dioses tienen un hijo bastardo. Soy ese
sin dios.
Me descalabro. Caigo por este despeñadero árido.
Detesto el olor a sangre y la llevo caliente
comprime el cansancio entre la cintura y el pavimento.
Caigo entre materiales de desecho
erosiones del ocaso sostenido por profundidades
no obstante exijo de mis pulmones
de mis propias fermentaciones
y arranco cada ventosa prófuga de llagas
por el manoseo, por las dudas, por el hombre.
Doy miedo. Siento náuseas, deliro, jadeo
vomito buches de ansiedades.
Huelo a la porquería de mi vientre
las uñas se derriten
ahoga tanto la impotencia
la fiebre hace flotar.
La mugre nos mantiene húmedos.
Miro durante un largo episodio. Hago rechazo
extraviado
entre tanto espacio
cada vez más lejos.
Esta no es la muerte. Esta no es mi muerte.
Me repugno. Este cuerpo es una gota
gota de pus maloliente,
apenas un gemido sediento de locura.
Tengo que matar este venado. Se come las lilas.
Endurece las venas. Intoxica. Engulle el aliento
no necesita espátula, aceite, ni óleo
donde hacer espuma la nostalgia de otras tardes.
Esconde la vergüenza
por los confines de las viejas estaciones.
Hacer el amor es descargar el inodoro.
Si no mato este venado se come las lilas.
Pido permiso para cruzar este celaje desnudo entre palabras
huir a la certidumbre por fulminantes navíos
herrajes de silencio y resumen.
Pido permiso por amaneceres amontonados
entre generaciones salvadoras en jornadas festivas.
Soy ese hombre acorralado
ese hombre por la ciudad acorralada.
No teman por mi proceder
el azar es un perro que todos llevamos dentro
sin domesticar
y sólo falta un chasquido de dedos
para que huya despavorido.
Y me digo yo, Juan sin oficio
mediocre por leyes de dioses
adoradores de ídolos
pasajero diario de este útero de Tierra
por no asistir a otra empresa
mediocre de qué
hay que comenzar de nuevo
cada jornada un párrafo  
la página perdida.
Me sacudo de ruinas
muerdo venas para no gritar
escarbo recuerdos a puñados
hasta sanar lo que escribo
y limpio de toda luminosidad
salgo de entre las palabras.
Renazco.
Vuelvo a contemplarme
acosa el hambre pero aún me sostiene la luz.
Conservo un susurro fatigado,
me desnuda de viejas maderas.
Yo, un ansioso de la suerte por enésima vez
abro los párpados para buscarme detrás de los ojos
sentir un desgarro, una evidencia
esta lengua arrastra un atroz apetito.
Voy acercándome a la rabia
cruzo la línea inflexible del horizonte
y salgo por el proscenio.
Desarraigo
Cada vez que me acerco al sur, los sábados
me saben tan vacíos sin tus pies
desnudos por todo el bosque de mi pecho.
Sin tu pelo de peces entre mis manos
de corales tibios, mediodías
y pequeñas naturalezas muertas.
Si pudiera apagar el sol
y que todo se vuelva como antes.
Mira con mis brazos
hasta puedo atrapar la vida.
He sido dueño del océano.
He calmado la sed desde lo profundo de un acantilado
y me detengo en medio de unas ganas locas
porque la vida me estalla como la risa de un niño.
Será bueno detener los recuerdos.
Familias enteras columpiándose.
Calles desiertas sin arrepentirse
O los cuentos extendidos por la playa.
Los lirios de la abuela.
De un amigo.
De allá.
Prohibimos llorar porque hay buen tiempo este mediodía
Es muy cómodo decirlo con la ansiedad que se trae del otro lado de la luna.
Todo esto es triste porque las manos temen al silencio
ahora que el milagro parece lanzarse
y nadie aguarda para contar esta fábula.
Yo, hermano de ustedes,
he vuelto por los signos
y descubro un mundo olvidado de ser mundo.
Recuerdo que el primer día me asomé
al hombre que tendía su mano
tuvo suspiros de aeronauta
y fue su paracaídas eco de sirenas.
El segundo hubo un poco de calma,
luego encontré un pájaro desconocido.
Es la fiebre de la desesperanza,
no más que el tiempo de mis años.
Mi padre tenía cabellos con olor a puerto
dejó tantas historias por contar
que casi se vuelve loco.
Mi madre pastaba el rocío a falta de condimentos
organizando sus cosas por los puntos cardinales.
Así crucé la adolescencia,
Entre colecciones de estrellas para no quedarme ciego
y hoy donde desclavo alguna
encuentro campanarios vacíos.
Cuántas veces me pregunto si esto no es nostalgia
el pueblo, sus calles
el amor siempre armando una catástrofe,
un verso que se exprime hasta el alma
Y la lluvia tenaz,
hecha un sermón
desangrándose por los cristales rotos.
Una verdad inventa razones nuevas.
Esta historia tiene más de mil años,
sus palabras las guarda un mundo que no ha llegado nunca.
Allá el cuartucho de los herreros
una verja llena de gritos
el reloj flagelándose a cada hora
y Gabriela,
una muchacha de provincia
cómplice del último aguacero.
Pensar que le devoré un pedazo de vida
con las verdades en la palma de la mano.
Misterio. Vertical goce de pájaros breves.
Ya los veleros agitan sus pañuelos.
No es que huya
si no la danza del pez.
Quizá nunca encuentre otra estrella.
La felicidad puede tener un par de alas azules
y hay que dejarle todo o se vuelve hastío.
Dime destino, qué es huir
sin renunciar al más íntimo secreto
si soy insomnio
temo despertar y enfrentarme
a ese correr de caballos por el pecho.
Es como si revoloteara la luz
que se quiebra en este después y no otro
porque para un corazón aferrado
no basta una máscara
ni dos razones,
sólo la distancia
separándonos
como si no sucediese nada.
Una larga travesía hasta el último poema de este siglo
Náyade, cabalga sobre mí dueña de la vida
no necesitas montura, trampas, ni milagro.
Córtate cualquier prejuicio.
No soy labrador de otro mundo
ni hablo desde profundidades antiguas.
Vengo de un pueblo tímido de mapas
olvido del viento rasante y fiebres de ciudad.
En mi casa no existen leyes,
esas desprecian a los hombres.
De la niñez,
conservo desordenados tatuajes por las paredes
porque colgar un cuadro es aburrir el tiempo,
capítulos impublicables –entre otros escritos-
que no pagaré derechos de autor
y ciento dos naves fenicias defendiéndome de dioses,
por suerte mortales.
Puedo asegurarte que soltar amarras
es naufragar sin revanchas.
Cada despedida un destierro
como irse a empujones
a peregrinar promesas
cuando todos los rumbos agoten sus caminos
plagados de esperanzas.
Juntos aprenderemos
que la mejor oportunidad es perfilar un camino
porque el amor vuela a corto plazo
y nos deja las venas llenas de sed.
Que emigrar es nacer un poco más tarde.
Un epitafio, una prórroga al recuerdo.
Y como sabe más el que habla a sus silencios
mientras vence
quien sabe hablar a los demás.
Cuando tenga barca y naufragio
llevaremos la vida para no esperar
por ningún boleto del pasado, que es el olvido.
Una mezcolanza de acontecimientos casuales.
La oreja degollada de Van Gogh.
Algunos libros de poemas
y cosas imprescindibles,
como incienso por quemar.
Dejaremos intactos los domingos
y la agenda vacía de teléfonos;
porque la amistad navega en velero frágil
con sueños ortodoxos y vanidad de profetas.
Libera cintas, cuelga la vergüenza y el asombro,
ya no quedan pudores inútiles
por tantos siglos de impotencia.
Luego, déjame llorar sobre tu vientre
los demás días no importan,
todos se fabrican iguales.
Ven, no temas, la realidad es mágica
y cabe en gotas de agua.

Derechos reservados © Juan Calero, 2013.




3 comentarios:

  1. Gracias, Claudio Lahaba, por tan hermosas palabras que no creo merecer. He tardado unas horas porque cuando recibí el mensaje salía en esos momentos a trabajar, el trabajo material de donde alimento mi familia, pero el otro trabajo, el que nos une, el que alimenta el alma, ese es tierra que labramos y hay que sembrar, sin pensar que algún viento lejano esparza alguna semilla y poco a poco reclectaremos sus frutos. Muy modestamente, gracias.

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  2. Gracias, Claudio, por este artículo en tu página. Tienes mi amistad

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  3. Disfruto al recorrer su trabajo poético, altísimo.

    Felicitaciones.


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    Natalia L.

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