domingo, 24 de marzo de 2013

PRÓLOGO AL LIBRO DE CLAUDIO LAHABA DEL SILENCIO Y OTROS CORDEROS….



Por Eduardo Vladimir Fernández Fernández.


 











“Pero han clavado en los ojos las puertas
que conducen al sueño como nuevo advenimiento
han dicho a esta hora
cuánto durará el juicio final
la manada volando despaciosa
contra el acierto y otro cielo susurrado
si caer hasta posar el oficio
no está espera sino un silbido que prolongue
los ecos congelados de las trampas.”
(Del poema NOTICIAS DE LA ATLÁNTIDA
fragmento)

    
La poesía se mueve en el sincrético límite de la racionalidad y la sensibilidad, del contexto, el mundo subjetual (o subjetivo) del autor, su época y de las referencias intertextuales, los modus retóricos y un cierto espectro de convenciones literarias que le dan sentido al texto y que lo hacen multiconnotativo para el lector contemporáneo y ulterior.

         Ningún texto poético se libra de esos hilos invisibles entre la realidad extra-artística que lo impregna (política, social, epocal, etc.), la historia referencial del género y sus figuras retóricas, como del riquísimo mundo interno psicológico del autor.

         Siendo construida desde el hablante en primera persona, éste se proyecta como un vocero especial de su época y su mundividencia (su sensibilidad) y las múltiples hebras que lo unen a su entorno se tornan más o menos invisibles.

          Quizás un enfoque menos libre se da en otros géneros (como el narrativo, el ensayo y en menor medida el dramático), donde la referencia inmediata a las ideas, sentidos ficcionados o racionalizados, imaginales o ancilares del presente o el pasado, incluso del futuro fabulado, es más obvia y la variedad de la "realisticidad" (cf.: criterios de M. Bajtín y el Formalismo Ruso, "realistichnost'"), aunque inmensa es casi obligada, presente, con independencia a que se mitologice o no el contenido.

El lenguaje poético, por su carácter menos conceptual y más metafórico, es una forma multisemántica demandante, potencial y vasta de la significación del signo verbal, trascendiendo la rigidez desnuda y "abstracta" del concepto y ampliando su espectro a la riqueza de la "metáfora", en todas sus variaciones posibles, probables, experimentadas y por experimentar.

¿Por qué esta aparentemente cruda introducción teórico-estética, que pocos lectores esperan en un prólogo a un conjunto de textos poéticos?


Hay dos razones básicas:

 1º. Este texto, que en sí resume dos cuadernos en unidad "Palabras del silencio" y "Evaporaciones múltiples", que recibiera el Premio del Concurso Internacional "Manuel Navarro Luna 2000" (Manzanillo, Cuba) y que por razones extraliterarias ha quedado inédito hasta nuestros días, en su momento representó un hito cultural silenciado en la Cultura Nacional Cubana, de un autor joven, que entraba en franca madurez y que utilizó libremente la imagen poética para extrapolar su mundo interno y en cierta medida no estaba ajeno a un período muy crítico, cuyos ecos aún resuenan, en la realidad compleja de la Isla;

2º. Se trata de un libro con una riqueza estilística y un lenguaje propios que colocan al autor como un renovador en la poesía cubana y latinoamericana de fines del siglo XX y cuya apropiación, en tanto "alta poesía", requiere una presentación con mucha parsimonia, con la distancia que nos dan casi tres lustros transcurridos.

Partiendo de estas premisas se hace imprescindible, a partir de la responsabilidad que se nos otorga y agradecemos, una aproximación, lo más ética y objetiva posible en torno al texto, su contextualidad y valores implícitos.

-  Algunas ideas en torno al contexto:

Claudio Lahaba (Manzanillo, CUBA, 1970) es un creador poético de un talento nato, en cierta medida un poeta que roza la genialidad sin haber recibido formación especializada como otros de su generación  y que no puede ser soslayado, partiendo de ningún discurso sobre-ideologizante y extraliterario, de la larga memoria histórica de la creación poética cubana, una de las más ricas en todo el contexto iberoamericano, aún siglos antes de la independencia del país del imperio colonial español.

Interesante, si se revisa desinteresadamente (sin rémoras, ni sesgos) ese devenir, observar cómo el proceso de la creación poética cubana nunca ha estado ajeno a la laberíntica historia de un país, cuya independencia ha costado, al menos hasta nuestros días, más de un bicentenario de luchas y encontronazos.

La riqueza del pensamiento poético cubano, heredero del tronco  poético español (cfr. "Lo cubano en la poesía", Cintio Vitier y también "Ese sol del mundo moral") ha sido una larga  búsqueda de las especificidad dentro de la tradición occidental, universal, latinoamericana e hispánica. En buena medida toda la creación literaria isleña, en general y la lírica, en particular, giran en torno a un vórtice de sensibilidad propia, donde  la búsqueda de lo raigal no excluye el lado universal de un mundo que entra en el hemisferio occidental a través de la llamada "llave del Golfo", pero que en todo momento sienta lo propio, cierto mestizaje sin poses que es producto de ese rico toma y daca de cinco siglos de historia moderna.

Ya desde inicios del siglo XIX, siendo Cuba baluarte a la fuerza de un imperio deshojado, la cultura peninsular estuvo muy atada al proceso del pensamiento literario cubano y no sólo sería Barcelona en la península, sino la lejana Habana una de las puertas recurrentes y contestatarias de la Modernidad temprana española. Ese mismo papel, por razones geográficas, amén países de notable hegemonía en Nuestra América (México, Venezuela, Colombia, Argentina, entre otros) lo jugaría el mundo cultural cubano, aun siendo la Isla posesión española en el siglo XIX y estando mediatizada su república en el XX por intereses hegemónicos de los EE.UU. Empero, la fuerza del proceso literario nacional mantuvo siempre en vilo la autenticidad de sus letras.

Es por ello que la Poesía Cubana (desde José María Heredia hasta el "Grupo Orígenes", desde Gertrudis Gómez de Avellaneda hasta José Martí, desde Dulce María Loynaz hasta Nicolás Guillén, por citar polos al azar) fue una poesía de una fuerte universalidad, pero de una sólida cubanía, dentro del abanico democrático en estilos y plataformas ideológicas de sus autores, ínsitamente comprometida, con independencia de clase, raza o grupo social con un entorno compartido, defendido, testimoniado desde el dolor o la algazara, reconocido bajo el manto abierto de la "cubanía" o en un sentido más moderno y académico de "la cubanidad".

Esta realidad contextual no sería ajena a la segunda mitad del siglo XX, cuando entraría a jugar papel protagónico la Revolución de 1959, cuyas transformaciones obvias, como todo proceso de transformaciones raigales, para bien o para mal, cambiarían la faz de la Isla, el subcontinente y la arena geopolítica aún hasta nuestros días, ya cuando su impulso inicial se desvanece en este complejo mundo de la segunda década del siglo XXI.

El proceso cultural cubano posrevolucionario (en nuestra humilde opinión) se marca por tres períodos, que coinciden, el primer con la década inicial de los 60-70, donde -por múltiples causas internas y externas, que no es momento para explicar-  el mundo cultural (dentro de la sociedad civil) se polariza: "con la Revolución, todo; contra la Revolución, nada" (Fidel Castro, "Palabras a los intelectuales", 1960) y se estatuye ya desde 1975 oficialmente el sistema de control burocrático soviético sobre todas las organizaciones culturales. A mi juicio, período oscuro, pero no exento de "malas" y "buenas" intenciones tanto endógenas, como "exógenas".

Un segundo período más contestatario y liberal, enarbolado por las nuevas generaciones precisamente formadas en el proceso cultural de la Revolución, que se inicia en lo artístico en los años 80 y donde, primero la plástica, el cine y en menor medida, la literatura jugarán el rol del "abogado del Diablo".  (Es en este período cuando se produce una renovación poética y se van dejando los moldes consignistas y del nunca establecido "Realismo Socialista", hasta los cánones aparentemente liberales, muy lábiles y abiertos de la Posmodernidad. Quizás su figura más emblemática en el arte del verso lo sería Raúl Hernández Novás, de trágica desaparición física).

En este período cabría ubicar el inicio de Claudio como autor, sin olvidar que, en las dos décadas anteriores las formas críticas y contestarias de la cultura literaria no habían sido totalmente silenciadas en ningún género (baste mencionar a Fayad Jamís, José Lezama Lima, Reynaldo Arenas, Humberto Cabrera Infante, Gastón Barquero, Virgilio Piñera, entre otros).

Este período que fue tomado por asalto con la debacle del socialismo real en Europa Oriental y la extinta Unión Soviética, se caracterizará por una aguda lucha de ideas, postulados estéticos, etc., particularmente más virulento en el Occidente del país, donde las altas burocracias culturales, de alguna forma u otra fueron cediendo ante una real amenaza de los hijos de Cronos.

No pasaría así en las provincias más alejadas de la capital, donde la represión al creador sería mucho más fuerte y se identificaría erróneamente descontento estético con descontento civil y político, aunque indudablemente tajante línea de separación no se pueda establecer jamás.

Cuando las aguas comienzan a retomar de nuevo a su cauce, empieza a observarse un cambio en el mundo cultural cubano, que aunque para unos tibios y para otros hipócrita (no coincido con estas dos apreciaciones polares) marcarán un cierto esfuerzo por integrar una cultura nacional que hoy vive en la Isla y en las orillas del exilio, principalmente en el sur de la Florida. Es la época de mediados de la primera década del actual siglo hasta nuestros días y coincide, al menos con cierta laxitud de las medidas draconianas del llamado “período especial en tiempos de paz”.

A este último lapso que he observado desde la barrera y Claudio, de alguna forma también, intentaría denominarlo como período del posible reencuentro nacional, que está marcado por un carácter abiertamente complejo, contestatario, pero con un encuentro de posiciones más tipo abanico y democrático, sin que la pauta, como rémora, en ambos lado del estrecho de la Florida, la dejen de marcar aún elementos ultra conservadores desde la izquierda y la derecha políticas.

La contextualidad de este libro que queremos prologar con detalle se da en el difuso y contradictorio borde de estos dos últimos períodos, cuando el texto gana un premio internacional (“Manuel Navarro Luna”), patrocinado por el Ministerio de Cultura de la ciudad de Manzanillo, provincia de Bayamo, donde  Claudio había fundado el Taller y Grupo Literario “Da Capo” y aún con ese “pedigree”, recibe una virulenta reacción de la burocracia local y nacional y queda inédito, para los seguidores del proceso poético cubano, tanto en la Isla como fuera de sus marítimas fronteras.

Hoy sale a la luz, gracias al esfuerzo personal de su autor, a quien agradecemos no excluirnos de introducir por vez primera esta interesante propuesta, cuyos elementos de contenido y forma, sólo a modo de motivación, trataré de entreverar en lo que sigue.

Criterios en torno a las aristas de subtexto e intertexto de la obra:

Vayamos por parte.

“Del silencio y otros corderos”, cuyo sugerente título y ambos cuadernos integrados nos meten de hecho en el tema de la sacrificialidad, siguiendo la mitología judeocristiana y con marcado énfasis “apocalíptico”, del fin o la finalidad de los tiempos, es una obra de ALTA POESÍA.

No la creo potable para todo autor. Es una obra que insinúa más de lo que dice y que lo que dice abre amplio abanico subtextual, connotativo, rico en matices y de posibles y cada vez más sutiles relecturas artísticas. Con ello quiero darle a entender al lector que es una obra poética elaborada, madura, no hecha para el fugaz entretenimiento y que de la mano del verso que fluye como cataratas de orador, el intelecto debe esforzarse para ampliar sus  lontananzas.

Siendo en aquel momento un autor joven, se puede decir que marcará su madurez y probablemente su sello, su toque en lacra estilística y que lo meterá de lleno en la universalidad, sin dejar de ser creación de un autor de una sociedad hierática y de soliloquios (que por múltiples causas, censuras y AUTOCENSURAS) adaptara el modelo (creo que un poco por circunstancias geopolíticas y a regañadientes) el llamado socialismo “real”, burocrático y de sesgos estalinianos que, se incorporó en la Revolución Cubana y que colisionaría contra las  tradiciones e ideales libertarios de la nación.

En el libro hay una atmósfera de tensionalidad, aparentemente no contextual, de surrealidad en el método y de posmodernidad en el espíritu epocal, atmósfera psicológica de dolor, de estoicismo y una especie de grito callado del hablante que se desdobla constantemente en elementos crípticos, oníricos, en símbolos de mundo cerrado y pútrido que está a la orden de la anunciación de un cambio de espíritu, de un cambio de aires, de un salto hacia la oxigenación.

No es casual que ese espíritu de “escatología” (o fin de los tiempos) coincida con una de las épocas más absurdas, duras y sin sentidos de la historia de la Isla, cuando demonios internos -y también “externos”- se arremolinaron dantescamente para ahogar a un pueblo como rehén de la llamada “Guerra Fría” que moría. Sólo quien haya vivido el fenómeno del brutal deterioro y la involución que significó para los cubanos el llamado “período especial” puede sentir ese estado de brutal surrealismo, que desbarajusta toda la imagen de identidad del sujeto, de la familia, de un colectivo de tradiciones y donde el tiempo se quiebra y se detiene como en un cuadro de Dalí.

Subtextualmente emerge un espíritu sin salida que rebasa, los límites del hablante lírico y roza la “epicidad poética”, con una fuerza que nos retrotrae a los evangelios, a las revelaciones apocalípticas, a La Comedia Divina de Dante, al cine de Buñuel, al Existencialismo de Camus, a los mitos griegos más brutales, con una capacidad de síntesis que debió nacer no sólo conscientemente, sino de la fuerza del genio que se expresa. En términos categoriales estéticos es un texto que rebasa el límite de “lo bello” y se codea con “lo sublime”, “el horror”, “lo inconmensurable dinámicamente”, donde lo dionisíaco predomina sobre lo apolíneo.

Lo interesante es, que salvo en uno u otro texto, no más, no existe una referencia directa al contexto, pues es una obra cuya materia está en el mundo de la subjetividad del sufrimiento, de la memoria, del paraíso nunca adquirido y de cierta esperanza difusa en transgredir los límites de la existencia física. Por ello, aunque es testimonio de un duro momento, no es un texto ni político, ni panfletario, sino interrogativo y de profundo asombro ante realidades que se van de las manos y que muchos en el tiovivo de la cotidianidad ultra-repetitiva, no son capaces de avizorar.

Por ello cuesta entender la represión y el amordazamiento sufridos por la obra, en su silencio editorial interno y el autor que terminaría reprimido, saliendo del país y que no ha servido nunca a intereses políticos particularmente espurios contra su identidad nacional.

La intertextualidad queda entreverada en parte del discurso previo, pero se hacer explícita en variadas ocasiones: bien como cita textual, bien como dedicatoria o referencia implícita. Fayad Jamís, Raúl Hernández Novás, José María Rilke, F. Nietzsche, E. A. Poe, Dante Alighieri, Las Sagradas Escrituras (en particular los libros sapienciales del Antiguo Testamento, los Evangelios y el Apocalipsis de San Juan), entre otras fuentes que enriquecen.

Se compone, como ya dijéramos de dos “cuadernos”: PALABRAS DEL SILENCIO y EVAPORACIONES MÚLTIPLES, que en su conjunto siguen la trayectoria de un sujeto personal (el hablante, el autor), cuya identidad se hace laberíntica, como actor testimoniante, cadáver viviente y se va desvaneciendo en una realidad cada vez más absurda y dolorosa, como una terrible pesadilla recurrente, como una especie de penetración en los siete círculos del infierno dantesco.

Desde el punto de vista retórico predomina una prosa poética monumental “epicista”, de estilo oratorio e interpelante, que fluye como una catarata de impresiones y admoniciones  sumamente complejas y sintácticamente muy bien elaboradas. Estos textos ameritan tranquilidad en su lectura, cuando se le toma su ritmo discursivo se disfrutan como una obra musical clásica, poco a poco el oído se adapta a las convenciones y se siente uno dentro de un oratorio al estilo del gran operista alemán  Wagner. Ciertamente apasionante y de marcado sesgo intelectual. No obstante, un lector o escucha promedio puede percibir en el ritmo, la cadencia, la belleza, los altibajos de la oración que a veces narra, otras gime, otras emplea el atinado efecto del extrañamiento.

Otras composiciones son de prosa poética corta, más personalista, en especial cuando se toma la memoria afectiva y familiar como material.

Excelente el empleo del soneto en su homenaje al malogrado poeta Hernández Novás, quien trabajara esta forma del epigrama en texto tan destacado como “Sonetos para Gelsomina”.

Hay dos trabajos de tipo cercano al espíritu de Dante, elaborados en prosa poética con versos más tradicionales intercalados y dentro de las convenciones del drama, con tono sarcástico en sus parlamentos y acotaciones. Estos textos son de fuerte regodeo filosófico y pueden tener una lectura muy connotativa, digamos, no sólo aplicadas al contexto local cubano, sino al universal. En ellos lo posmoderno es predominante.

La simbología es rica casi en un sentido inverso: la ciudad, su plaza de sacrificios, los altos muros, muchas veces palaciegos y clausurados, las trompetas que anuncian su derrumbe, el círculo de fuego, la Bestia, el cadáver que se pudre desde el nacimiento, las estatuas mutiladas, la sangre, las aguas encharcadas en miasmas rojas, el papel de los medios que distorsionan al poeta, la traición u obligación a la traición del amigo-apóstol (a lo Judas), el pájaro encerrado, los muros líquidos de una realidad sin salida, el espejo distorsionante y distorsionador, la ausencia de paradigmas, etc...

En fin, estimado lector, “Del silencio y otros corderos” de Claudio Lahaba, es un texto totalmente imprescindible dentro de la cultura poética cubana, latinoamericana y en lengua castellana... Os invito a la aventura intelectual de su lectura y disfrute. Así conoceréis una de las voces líricas más significativas de toda Hispanoamérica.




Lic. Eduardo Vladímir Fernández Fernández,(Camagüey, CUBA, 1962)Master of Arts en Filosofía (énfasis en Estética, Teología y Axiología)Moscow State University, 1986San José de Costa Rica, Centroamérica
Derechos Reservados © Eduardo Vladímir Fernández Fernández, 2013



2 comentarios:

  1. Thіs post is worth еveryonе's attention. When can I find out more?

    Here is my web page: crear facebook gratis

    ResponderEliminar
  2. Muchas gracias, Claudio por publicar nuevamente el prólogo que hiciera para introducir tu excelente libro DEL SILENCIO Y OTROS CORDEROS... Si volviera a escribirlo mantendría el tono ensayístico intentando una aproximación holística o desde múltiples aristas del enfoque, a tu obra, algo que de alguna forma urge en la interpretación de muchos textos literarios de los últimos 54 años... El carácter complejo del proceso literario y artístico cubano posterior a 1959 (y debe éste entenderse en lo escrito en la Isla "intramuros" o por la diáspora del exilio "extramuros"), es tarea no sólo del futuro, según la máxima de Shakespeare ("a la distancia" se aquilata mejor), sino de un presente fluido, movedizo y convulso... Nuevamente agradecido, porque el rol del ensayista es el de una diana que expone su alma, para que otros después, la agujereen y sean más certeros en la aproximación... Y así hasta el infinito, Gracias, por darme a expresar en torno a tu obra. Saludos, hermano.

    ResponderEliminar